"El psicólogo no me dice nada": ¿Por qué el psicoanalista no da consejos?


Es comprensible que aparezca esa sensación de que uno va al psicólogo y éste no te dice nada

Hoy estamos acostumbrados a abrir las redes sociales y encontrarnos con profesionales que explican un padecimiento en un minuto, enumeran cinco consejos para vivir mejor o prometen soluciones rápidas para problemas complejos. Son las lógicas propias de estos espacios: captar la atención, generar interacción y ofrecer respuestas inmediatas.

En este contexto, es comprensible que muchas personas lleguen a terapia esperando recibir indicaciones concretas sobre qué hacer y suelen sorprenderse, y en otros casos disgustarse, al descubrir que la experiencia analítica va por otro camino. El análisis propone otra experiencia.

Muchas veces se espera que el profesional diga qué decisión tomar, cómo resolver un conflicto o qué camino elegir. Pero el analista no ocupa el lugar de quien conoce la respuesta de antemano, no es un oráculo. Además, ¿Qué puede saber alguien ajeno acerca del modo en que tu historia, tus pérdidas, tus vínculos o tus deseos te marcaron? Esa respuesta no está en el analista. Se construye en el trabajo de escucharte con detenimiento, acompañado por alguien que señale, interrogue, marque ciertas repeticiones y confronte tus propias contradicciones. En ese sentido, la tarea del analista no es dar respuestas, sino ayudar a sacar el tapón de la oreja, interrumpir el modo automático de existir y hacer lugar a la palabra propia del analizante.

Esto no significa que el analista no haga nada. Al contrario. Escuchar no equivale a permanecer pasivo. Un analista interviene mediante preguntas, puntuaciones, señalamientos, interpretaciones, silencios o cortes. El silencio es una intervención posible y necesaria para que el analizante hable. Cada intervención apunta a favorecer que quien consulta pueda escuchar algo de aquello que dice y que, hasta ese momento, permanecía inadvertido.

Ahora bien, tampoco todos los analistas trabajan igual. Existe algo que llamamos el estilo del analista. Hay quienes intervienen con mayor frecuencia, otros lo hacen muy poco y algunos sostienen largos momentos de silencio. No todos hablan igual, ni utilizan los mismos recursos. Eso forma parte de la singularidad de cada práctica.

Por eso, una mala experiencia con un analista no significa que el psicoanálisis no sea para uno. Como en toda "relación", también hay una cuestión de encuentro. En términos más técnicos, hablamos de transferencia: ese "lazo" singular que se construye entre analista y analizante, que hace posible el trabajo analítico. A veces sucede y otras veces no.

Entre tantas promesas de certezas y soluciones rápidas, acercarse a un espacio analítico implica una apuesta. Apostar por ese tiempo en el que uno se tiende en un diván para hablar. Apostar por la escucha, por la palabra, por descubrir algo que no sea "más de lo mismo".

Los consejos ya los conocés. Las cosas que ya te dijeron, las que leíste en internet, los ejercicios que ya aplicaste, las recetas que intentaste seguir... todo eso ya lo sabés. Y, sin embargo, por más que lo sepas y no quieras seguir repitiendo, hay algo que te hace volver una y otra vez al mismo loop. Ahí es donde aparece lo inconsciente: eso que no se sabe y que merece ser analizado, desmenuzado. Si el analista "no te dice nada", en ese acto está dejando que seas vos quien hable. 

Cuando en un espacio de análisis te escuches, puede pasar algo inesperado: que tus propias palabras dejen de resultarte conocida, y ahí, empieza algo nuevo. 



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