“No sé para qué vengo, pero sigo viniendo”: ¿Qué ocurre en una sesión de análisis?
"No sé muy bien para qué vengo... pero sigo viniendo."
"Hay algo que cambió, aunque no sé explicar qué."
Son frases que muchos pacientes dicen después de algunas sesiones. Y, curiosamente, describe bastante bien cómo funciona un análisis.
Vivimos en una época donde casi todo se mide por su utilidad inmediata. Queremos saber cuánto tiempo llevará, qué resultados obtendremos y qué beneficios concretos tendrán lo que hacemos. Estamos acostumbrados a pensar en términos de rendimiento, incluso muchas terapias anticipan y prometen determinados logros al cabo de cierto tiempo.
Él análisis propone otra lógica. En la sesión analítica nos abstraemos del concepto de evaluación. Durante ese tiempo dejamos en suspenso la exigencia de producir, de ser eficientes. Nos permitimos hablar de aquello que, en el ritmo cotidiano, suele quedar relegado porque "no sirve para nada" o porque parece no tener importancia.
Sin embargo, justamente allí empieza a suceder algo sumamente productivo. Paradójicamente, es cuando dejamos de exigirnos ser productivos que algo verdaderamente valioso puede ocurrir. No una productividad medible en resultados inmediatos, sino la producción de un saber sobre aquello que nos hace sufrir. El análisis es improductivo para la lógica del mercado, pero extraordinariamente productivo para la vida psíquica.
Contamos cosas, ya sea nuestra historia o contingencias que nos sucedieron durante la semana. Le damos un lugar a aquello que vivimos. Y, al hacerlo, comenzamos a escuchar relaciones, repeticiones y sentidos que antes permanecían ocultos. Se le empieza a encontrar la vuelta al asunto gracias a aquello que se dice en un consultorio, muchas veces sin saber por qué. Poco a poco, lo que parecía una simple conversación comienza a producir efectos que no siempre pueden medirse de manera inmediata.
Por eso muchas personas dicen: "No entiendo cómo funciona esto, pero creo que me está sirviendo".
En psicoanálisis no trabajamos con una utilidad directa. No se trata de salir de cada sesión con una respuesta, una tarea o una solución para aplicar durante la semana.
La experiencia analítica apuesta a otra clase de utilidad: una utilidad indirecta. La cura viene por añadidura, uno no sabe de antemano cómo alguien va a aliviar su padecimiento, ni qué será lo que, en ese caso singular, producirá un cambio. Eso es una construcción del caso por caso que sucede en cada análisis.
A veces una frase dicha casi sin importancia vuelve días después. Una asociación inesperada modifica una manera de entender un conflicto. Una repetición que llevaba años pasa, por fin, a convertirse en una pregunta.
La sesión se transforma en una paréntesis dentro de una vida gobernada por la urgencia, la productividad y la necesidad permanente de obtener resultados. Es un tiempo donde no hace falta decir lo correcto, ni demostrar nada, ni responder a las expectativas de los otros. En ese tiempo, aparentemente improductivo, es donde la palabra encuentra el espacio para desplegarse. Y, muchas veces, es allí donde algo del malestar empieza a encontrar otro destino.
El análisis es, ante todo, una experiencia. Es difícil explicar exactamente por qué ocurren sus efectos. Sin embargo, estos movimientos suelen producir cambios duraderos.
Y aunque al terminar una sesión uno no siempre pueda responder para qué sirvió, muchas veces descubre, con el paso del tiempo, que ya no es exactamente el mismo que había entrado al consultorio por primera vez.
Cada sesión de análisis, con lo que implica de contingencia, de azar, de angustia y de miseria, afirma, sin embargo, que lo que uno vive merece ser dicho.
Consultorio Psicoanalítico
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