No tengo tiempo para hacer análisis: ¿Es necesario pasar años hablando del pasado para que un análisis haga efecto?
Una de las ideas más difundidas sobre el psicoanálisis es que, apenas uno entra al consultorio, el analista empieza a preguntar por la infancia o por la relación con los padres. Como si la tarea consistiera en revolver el pasado, revisar toda la autobiografía y encontrar allí la causa de lo que hoy nos pasa. Según esa idea, una vez descubierta la explicación, el problema quedaría resuelto. Pero la experiencia analítica es muy distinta.
En primer lugar, nadie consulta porque sí. Se busca un espacio de análisis porque algo del presente no anda: una angustia, una separación, una pérdida, un conflicto, una dificultad para decidir, una repetición que agota o un síntoma que ya no se puede seguir ignorando. El punto de partida es el presente. Uno no llega hablando del pasado. Llega hablando de aquello que siente que hoy ya no puede seguir igual, porque ya resulta muy molesto o imposible de soportar.
Entonces... ¿por qué aparece el pasado? No porque el analista quiera reconstruir una biografía. Aparece porque, cuando empezamos a hablar de aquello que hoy nos hace sufrir, surgen recuerdos, escenas, palabras y modos de relacionarnos que ya habían estado presentes antes. Es el propio sujeto quien empieza a encontrar conexiones entre situaciones que, hasta ese momento, parecían no tener relación.
De pronto aparecen frases como: "Siempre elijo parejas parecidas"; "Siempre termino renunciando"; "Siempre siento que decepciono"; "Siempre tengo miedo de que me abandonen". No importa que cambien las personas o las circunstancias: la lógica se repite. La trama parece ser siempre la misma. Es un presente que parece inmutable. En el que algo permanece "como siempre", como si fuera y fuera a seguir siendo cada vez igual, salvo que algo se ponga en movimiento en un análisis.
Desde el psicoanálisis podemos pensar que existe un presente atemporal: un presente que no coincide con el tiempo cronológico. Allí, el pasado no ha terminado de pasar. No quedó simplemente "atrás", sino que sigue operando en la forma en que vivimos, elegimos, sufrimos o nos relacionamos hoy. Al mismo tiempo, nuestras expectativas, nuestros temores y nuestras anticipaciones sobre el futuro también forman parte de ese presente. Es un tiempo psíquico en el que pasado, presente y futuro conviven: aquello que comenzó hace mucho sigue teniendo efectos, mientras cada experiencia actual lo reactualiza.
Es aquí donde aparece lo que Freud observó como un fenómeno fundamental del psiquismo: la repetición. Lejos de recordar ciertos aspectos de la propia historia como un relato del pasado, muchas veces las personas los vuelven a vivir en el presente, sin advertirlo.
Como escribe Freud: "El analizado no recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo, sino como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace" (1914).
Más adelante, Freud desarrollará esta idea bajo el concepto de compulsión a la repetición. No significa que alguien quiera sufrir o que elija repetir experiencias dolorosas. Significa que hay una lógica que insiste, una forma de posicionarse frente a ciertas situaciones que vuelve a ponerse en juego en el presente, aun cuando la persona no sea consciente de ello.
Uno llega con lo que le pasa hoy. El asunto es que, cuando se tira de ese hilito, aparecen cosas que vienen de antes. Pero el psicoanálisis no consiste en quedarse viviendo en el pasado, ni en pasar años hablando de él. Consiste en comprender de qué manera aquello que insiste en repetirse sigue teniendo efectos en el presente, porque cuando algo de esa lógica se vuelve visible, también aparece la posibilidad de una posición diferente frente a aquello que nos hace sufrir. No cambia lo que ocurrió, pero sí puede cambiar la manera de vivir con ello.
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