Cuando todo es ansiedad...ansiedad ¿de qué?

En los últimos años, la palabra "ansiedad" empezó a nombrarlo casi todo. Se la escucha en redes sociales, en conversaciones cotidianas e incluso en los consultorios: "Tengo ansiedad", "Eso me da ansiedad", "Soy ansioso". Ponerle un nombre al malestar puede ser un primer paso. El problema aparece cuando ese nombre parece explicarlo todo y deja de abrir preguntas. Entonces, la cuestión ya no es si hay ansiedad, sino ansiedad... ¿de qué?. 

Desde el psicoanálisis, el síntoma nunca se reduce a una etiqueta. Lo que interesa no es clasificar a una persona, sino comprender qué expresa ese malestar para ella en particular. Dos personas pueden decir que sienten ansiedad y, sin embargo, estar atravesando conflictos completamente distintos. O incluso el mismo, como una ruptura de pareja, cuyo sentido nunca es igual para dos personas. La palabra es la misma; lo que cambia es la historia que la sostiene y el modo en que cada quien la vive.

Cuando una misma palabra empieza a servir para nombrarlo todo, también corre el riesgo de dejar de nombrar algo en particular. "Ansiedad" pasa a explicar desde un examen hasta una separación, un duelo, un conflicto laboral o una dificultad para tomar decisiones. Y cuando todo queda reunido bajo una misma etiqueta, la singularidad de cada experiencia empieza a borrarse. La ansiedad recibe un nombre, pero deja de localizarse aquello que, para esa persona, la pone en juego. Sin esa pregunta, difícilmente pueda construirse un trabajo sobre ese malestar. El problema queda etiquetado, pero no necesariamente comprendido.

Las redes sociales suelen ofrecer respuestas rápidas y consejos universales. Todo tiene que entenderse rápido, resolverse rápido y consumirse rápido. Frente a un malestar que muchas veces ya está marcado por la urgencia, ofrecen todavía más urgencia: cinco consejos, tres ejercicios, una explicación en un minuto. Así, sin proponérselo, muchas veces terminan respondiendo a la ansiedad con más ansiedad. Un análisis propone otra cosa: hacer un lugar para la pregunta.

También influye una tendencia cultural a clasificar y etiquetar los malestares. Los manuales diagnósticos cumplen funciones importantes en muchos ámbitos clínicos, pero cuando sus categorías se convierten en la única forma de comprender el sufrimiento, existe el riesgo de que la singularidad de cada historia quede en segundo plano.

En resumen, la etiqueta dificulta el trabajo sobre el malestar. No se trata de negar la ansiedad, sino de interrogarla. Quizás la pregunta no sea cómo dejar de sentir ansiedad lo más rápido posible. Quizás la primera pregunta sea otra: ansiedad... ¿de qué?. Un análisis no empieza ofreciendo una respuesta universal. Empieza haciendo lugar a esa pregunta. Porque una respuesta que sirve para todos rara vez alcanza para decir algo de cada uno.




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