¿Está viviendo la vida que desea o la que aprendió que debía vivir?

Creemos que elegimos libremente el rumbo de nuestra vida. Elegimos una carrera, un trabajo, una pareja, una ciudad donde vivir, etc. Tomamos decisiones y podemos explicar por qué las tomamos. Sin embargo, no siempre resulta sencillo distinguir entre aquello que realmente deseamos y aquello que aprendimos que debíamos hacer. Hay decisiones que parecen propias hasta que, en algún momento, algo nos empieza a hacer ruido.

Desde muy temprano recibimos ideas acerca de cómo debería ser nuestra vida. Qué significa tener éxito, qué profesión sería adecuada, qué tipo de pareja deberíamos elegir, cuándo habría que formar una familia, cuánto deberíamos trabajar o qué esperan los demás de nosotros. Algunas de esas expectativas son explícitas. Otras se incorporan de manera mucho más silenciosa y terminan formando parte de nuestra propia manera de pensar.

A veces hacemos algo porque queremos hacerlo. Otras veces lo hacemos porque “es lo que corresponde”, porque no queremos decepcionar a alguien, porque necesitamos demostrar que podemos, porque tememos equivocarnos o porque imaginamos que, si tomamos otro camino, perderemos el reconocimiento o el amor de quienes nos rodean.

Esto no significa que detrás de cada decisión exista necesariamente un mandato familiar oculto. Tampoco que todo aquello que recibimos de los demás sea contrario a nuestro deseo. Nuestra historia, los vínculos y la cultura forman parte de quienes somos. La cuestión es poder preguntarnos qué lugar ocupan en nuestras elecciones y qué hacemos nosotros con aquello que hemos recibido.

Hay decisiones que, vistas desde afuera, parecen completamente libres, pero que producen una sensación persistente de insatisfacción. Una persona puede haber alcanzado aquello que durante años se propuso conseguir y, aún así, encontrarse preguntándose por qué no se siente como esperaba. 

Puede descubrir que eligió una profesión para cumplir con las expectativas de su familia, que sostiene una relación por miedo a quedarse sola o que continúa en un trabajo que detesta porque abandonarlo significa dejar de ser aquello que cree que los demás esperan de ella.

Es allí donde algunas preguntas pueden comenzar a formularse: ¿Por qué necesito tanto la aprobación de los demás? ¿Qué temo que ocurra si dejo de cumplir con aquello que esperan de mí?? ¿Qué lugar tiene el reconocimiento de los otros en las decisiones que tomo? ¿Qué estoy intentando sostener cuando digo que “no tengo otra opción”?. 

Preguntas de este tipo pueden comenzar a desarmar aquello que parecía una elección evidente. Y, a veces, permiten advertir que ciertas decisiones estaban más ligadas a la necesidad de complacer, cumplir o sostener determinados ideales que a algo que pudiéramos reconocer como propio. 

Pero descubrirlo no significa necesariamente abandonar todo y comenzar de nuevo. Tampoco implica culpar a la familia, a la sociedad o a quienes alguna vez nos transmitieron esos ideales. Se trata, más bien, de poder reconocer qué lugar tienen esos discursos en nuestra propia historia y qué hacemos hoy con ellos. 

Esto puede resultar especialmente importante en momentos de cambio: cuando termina una etapa, cuando aparece una crisis, cuando una relación se transforma, cuando el trabajo deja de tener sentido o cuando aquello que durante años funcionó como objetivo comienza a perder su valor. Esos momentos pueden hacer visible algo que ya estaba allí, pero que quedaba oculto detrás de la rutina y de las obligaciones cotidianas. 

 El psicoanálisis invita a pensar desde el propio deseo, ese que a veces queda acallado entre tantos ideales que sentimos impuestos. Y aquí comienza lo incómodo de cuestionarse, porque reconocer el deseo tampoco significa encontrar una vida sin conflictos. Por el contrario, implica asumir que toda elección tiene un costo. No es posible satisfacer todas las expectativas, conservar todas las opciones y evitar toda pérdida. Elegir una cosa supone, necesariamente, dejar otras de lado. Y eso puede generar angustia. 

A veces preferimos mantener abiertas todas las posibilidades antes que asumir el riesgo de elegir. Otras veces sostenemos una vida que ya no queremos porque, aunque nos haga sufrir, nos resulta conocida y nos evita enfrentarnos a la incertidumbre de algo diferente.

En este sentido, escuchar el propio deseo no equivale a eliminar el conflicto, sino a poder asumir una posición frente a él. A preguntarnos qué ocurre cuando, de manera reiterada, renunciamos a aquello que nos concierne para responder exclusivamente a las demandas, expectativas o ideales de los otros. ¿Qué sucede cuando nuestra vida queda organizada alrededor de lo que creemos que debemos ser?

El trabajo analítico puede abrir un espacio para que aquello que parecía una elección inevitable pueda ser interrogado. Para que una respuesta repetida durante años deje de ser la única posible. Para poder escuchar algo de la propia posición allí donde antes solo aparecía la voz de los demás.

Quizás por eso una pregunta que parece sencilla pueda abrir un recorrido mucho más complejo:

¿Está viviendo la vida que desea… o la que aprendió que debía vivir?


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